LITURGIA DE LA MISA
La liturgia de la Eucaristía-Misa-Cena del Señor, Memorial de la Pascua, Sacrificio de la Nueva Alianza
explicada parte por parte.

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ESTRUCTURA DE LA SANTA MISA.


I. RITOS INICIALES



Canto de entrada  
Se inicia la eucaristía con una procesión de entrada, acompañada por un canto. «El fin de este canto es abrir la celebración, fomentar la unión de quienes se han reunido, y elevar sus pensamientos a la contemplación del misterio litúrgico o de la fiesta» (OGMR 25).
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Veneración del altar  
El altar es, durante la celebración eucarística, el símbolo principal de Cristo. Y evocando, al mismo tiempo, la última Cena, el altar es también, como dice San Pablo, «la mesa del Señor» (1Cor 10,21). Por eso, ya desde el inicio de la misa, el altar es honrado con signos de suma veneración: reverencia, se besa, se inciensa.
  El pueblo cristiano debe unirse espiritualmente a éstos y a todos los gestos y acciones que el sacerdote, como presidente de la comunidad, realiza a lo largo de la misa. En ningún momento de la misa deben los fieles quedarse como espectadores distantes, no comprometidos con lo que el sacerdote dice o hace.
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La Trinidad y la Cruz  
Con «En el nombre del Padre, + y del Hijo, y del Espíritu Santo” se inicia la celebración eucarística. Los cristianos, en efecto, somos los que «invocamos el nombre del Señor» (+Gén 4,26; Mc 9,3). Y lo hacemos ahora, trazando sobre nosotros el signo de la Cruz, de esa Cruz que va a actualizarse en la misa. No se puede empezar mejor.  
El pueblo responde con voz firme, clara y unánimemente: «Amén».
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Amén  
La palabra Amén es quizá la aclamación litúrgica principal de la liturgia cristiana. El término Amén procedente de la Antigua Alianza sigue resonando en la Nueva Alianza. Y todo el pueblo responderá diciendo: Amén» (Dt 27,15-26; +1Crón 16,36; Neh 8,6) Según los diversos contextos, Amén significa, pues: «Así es, ésa es la verdad, así sea». Es la aclamación característica de la liturgia celestial (+Ap 3,14; 5,14; 7,11-12; 19,4, 1Cor 14,16; 2Cor 1,20). En efecto, el pueblo cristiano responde con él a las oraciones presidenciales que en la misa recita el sacerdote (colecta, ofertorio y postcomunión) y especialmente a la doxología final solemnísima. Y cuando el sacerdote en la comunión presenta la sagrada hostia, diciendo «El cuerpo de Cristo», el fiel responde Amén: «Sí, ésa es la verdad, ésa es la fe de la Iglesia».
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Saludo  
El Señor nos lo aseguró: «Donde dos o tres están congregados en mi Nombre, allí estoy yo presente en medio de ellos» (Mt 18,19). Y esta presencia misteriosa del Resucitado entre los suyos se cumple especialmente en la asamblea eucarística. Por eso el saludo inicial del sacerdote, en sus diversas fórmulas, afirma y expresa esa maravillosa realidad: «El Señor esté con vosotros» «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros». «La finalidad de estos ritos [iniciales] es hacer que los fieles reunidos constituyan una comunidad, y se dispongan a oír como conviene la palabra de Dios y a celebrar dignamente la eucaristía» (OGMR 24).
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Acto penitencial
Moisés, antes de acercarse a la zarza ardiente, antes de entrar en la Presencia divina, ha de descalzarse, porque entra en una tierra sagrada (+Ex 3,5). Y nosotros, los cristianos, antes que nada, «para celebrar dignamente estos sagrados misterios», debemos solicitar de Dios primero el perdón de nuestras culpas. Hemos de tener clara conciencia de que, cuando vamos a entrar en la Presencia divina, cuando llevamos la ofrenda ante el altar (+Mt 5,23-25), debemos examinar previamente nuestra conciencia ante el Señor (1Cor 11,28), y pedir su perdón de los pecados leves de cada día. «Los limpios de corazón verán a Dios» (Mt 5,8).
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Señor, ten piedad  
En este sentido, los Kyrie eleison (Señor, ten piedad), son por una parte prolongación del acto penitencial precedente; pero por otra, son también proclamación gozosa de Cristo, como Señor del universo, y en este sentido vienen a ser prólogo del Gloria que sigue luego. 
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Gloria a Dios  
El Gloria, la grandiosa doxología trinitaria. Constituye, sin duda, una de las composiciones líricas más hermosas de la liturgia cristiana.   «Es un antiquísimo y venerable himno con que la Iglesia, congregada en el Espíritu Santo, glorifica a Dios Padre y al Cordero, y le presenta sus súplicas… Se canta o se recita los domingos, fuera de los tiempos de Adviento y de Cuaresma, en las solemnidades y en las fiestas y en algunas peculiares celebraciones más solmenes» (OGMR 31). Esta gran oración es rezada o cantada juntamente por el sacerdote y el pueblo. ¿Podrá resignarse un cristiano a recitar habitualmente este himno tan grandioso con la mente ausente?…
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Oración colecta  
Para participar bien en la misa es fundamental que esté viva la convicción de que es Cristo glorioso el protagonista principal de las oraciones litúrgicas de la Iglesia. El sacerdote es en la misa quien pronuncia las oraciones, pero el orante principal, invisible y quizá inadvertido para tantos, «¡es el Señor!» (Jn 21,7). El sacerdote la reza -como antiguamente todo el pueblo- con las manos extendidas, el gesto orante tradicional. La palabra collecta procede quizá de que esta oración se decía una vez que el pueblo se había reunido -colligere, reunir- para la misa. O quizá venga de que en esta oración el sacerdote resume, colecciona, las intenciones privadas de los fieles orantes.  
La oración se inicia invocando al Padre celestial, y evocando normalmente alguno de sus principales atributos divinos. En seguida, apoyándose en la anterior premisa de alabanza, viene la súplica, en plural, por supuesto. Y la oración concluye apoyándose en la mediación salvífica de Cristo, el Hijo Salvador, y en el amor del Espíritu Santo. Ésa suele ser la forma general de todas estas oraciones.  
¿Será posible, también, que muchas veces el pueblo conceda su Amén a oraciones tan grandiosas sin haberse enterado apenas de lo dicho por el sacerdote?

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