LITURGIA DE LA MISA
La liturgia de la Eucaristía-Misa-Cena del Señor, Memorial de la Pascua, Sacrificio de la Nueva Alianza
explicada parte por parte.

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ESTRUCTURA DE LA SANTA MISA.


II. LA LITURGIA DE LA PALABRA
Cristo es la Palabra de Dios



Introducción  
Dios nos habla por Cristo; es Dios mismo, por la Palabra encarnada, Cristo, que habla a su pueblo. Por eso, las lecturas de la Palabra de Dios deben ser escuchadas por todos con veneración (Cf. OGMR 9). "No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Dt 8,3; Mt 4,4).
Cuando el ministro, pues, confesando su fe, dice al término de las lecturas: "Palabra de Dios", no está queriendo afirmar solamente que "Ésta fue la palabra de Dios", dicha hace veinte o más siglos, y ahora recordada piadosamente; sino que "Ésta es la palabra de Dios", la que precisamente hoy el Señor está dirigiendo a sus hijos.
La liturgia de la Palabra precede a la liturgia del Sacrificio. Lo primero va unido a lo segundo, lo prepara y lo fundamenta (Cf. Cena del Señor, o en el encuentro de Cristo con los discípulos de Emaús (Lc 24,13-32).
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Ambón y Leccionario  
Dos elementos son relevantes: el ambón y el leccionario.
La lectura se hace desde un lugar destacado, el "ambón", un puesto algo elevado y bien visible. Cualquier bautizado puede realizar este ministerio litúrgico, pero debe prepararse para hacerlo digna y eficazmente.
El leccionario, se presenta en el ambón -como al símbolo de la presencia de Cristo Maestro, por ello se besa, se inciensa y se rodea de luces, honrando a Cristo, Palabra de vida. La Iglesia confiesa que ahí está Cristo, y que es Él mismo quien, a través del sacerdote o de los lectores, "nos habla desde el cielo" (Heb 12,25).
El leccionario incluye casi un 90 por ciento de la Biblia. Por otra parte, "en la presente ordenación de las lecturas, los textos del Antiguo Testamento están seleccionados principalmente por su congruencia con los del Nuevo Testamento, en especial del Evangelio, que se leen en la misma misa" (Orden de lecturas, 1981, 67),se iluminen entre sí. Desde la venida de Jesucristo, leemos el Antiguo Testamento a la luz de Cristo, como una profecía ya cumplida.
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Lecturas  
La primera lectura casi siempre se toma del Antiguo Testamento. Puede ser un libro histórico, de la ley, de los profetas o de los escritos sapienciales.
El salmo responsorial, tomado del libro de los Salmos, reaviva en nosotros sentimientos del salmista y ofrece un versículo que repite toda la asamblea y que, generalmente, ofrece la interpretación cristiana del salmo. El salmo responsorial da una respuesta meditativa a la lectura -a la lectura primera si hubiera dos-.
Con la segunda lectura, lectura del Nuevo Testamento, entramos en contacto con la doctrina de los Apóstoles que construyeron los cimientos de la Iglesia, siempre fieles a lo que habían visto y escuchado del Señor. Por tanto, son el vehículo más autorizado para entrar en contacto con la vida y las enseñanzas del Maestro. Por eso, en el tiempo Pascual, los cincuenta días después de la Solemnidad de la Resurrección, la primera lectura se toma del Apocalipsis o de los Hechos de los Apóstoles en lugar del Antiguo Testamento; así se acentúa la importancia determinante que tuvo en la vida de la Iglesia lo que los apóstoles hacían y enseñaban después de la Resurrección de Jesucristo. Las lecturas de las cartas de los apóstoles nos enseñan cómo su doctrina sigue guiando a la Iglesia.
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Aleluya  
El "Aleluya" es la aclamación de la ciudad futura, Jerusalén (Cf Tobías 13, 16-17), con la que se saluda a Cristo como vencedor de la antigua Babel (Cf Apocalipsis 19, 1-9). El "aleluya" resuena en el rito cristiano mientras el Evangeliario (libro de los santos Evangelios) es llevado al ambón acompañado de los cirios y el incienso. En ese momento, la asamblea se levanta y saluda al Señor que se dirige a nosotros, a cada uno en particular y a toda la Iglesia, con las palabras del Evangelio. Después de la lectura del Evangelio se puede repetir el "aleluya" cantado por toda la asamblea. Durante la Cuaresma, la Iglesia, peregrina en el desierto en preparación para la Pascua del Señor, renuncia al "aleluya", canto de la tierra prometida, y entona antes del Evangelio otra alabanza a Cristo adecuada al momento. El día de Pascua, la Iglesia saluda de nuevo con el "aleluya" la resurrección del Señor.
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Evangelio  
La proclamación del Evangelio. Este momento es uno de los ejes centrales de la Misa, el culmen de la liturgia de la palabra y, por ello, se reviste con una solemnidad especial. Desde el ambón se proclama el Evangelio por un diácono o un presbítero, es siempre un texto tomado de uno de los cuatro evangelios. Comienza con el saludo a la asamblea: "el Señor esté con vosotros" que hace patente la presencia de Cristo en la palabra del Evangelio. Todo el pueblo se pone de pie mirando hacia el ambón. Después, el lector del Evangelio hace la señal de la cruz sobre el Evangelio, la frente, la boca y el corazón. La asamblea se signa con la cruz triple. Al final de la lectura, después de la aclamación a Cristo de todo el pueblo presente ("Gloria a ti, Señor Jesús"), besa el libro en señal de reverencia, igual que se besa el altar al inicio y al final de la Misa. Ante los fieles congregados en la eucaristía, "Cristo hoy anuncia su Evangelio" (SC 33), podemos escuchar nosotros su palabra con la misma realidad que quienes le oyeron entonces en Palestina; aunque ahora, sin duda, con más luz y más ayuda del Espíritu Santo.
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Homilia
La homilía. La homilía busca explicar y actualizar los textos sagrados, pero el hecho de que sea explicación o actualización no quita que lleve una fuerte carga de motivación y de persuasión buscando guiar a los fieles en el mejor seguimiento de Cristo. En ella se cumple especialmente la promesa del Señor: "El que os oye, me oye" (Lc 10,16). Un silencio, meditativo y orante, puede seguir a las lecturas y a la predicación.
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Credo  
El Credo, o profesión de fe, es la respuesta más plena que el pueblo cristiano (en comunión de fe con todos los miembros del mismo cuerpo) puede dar a la Palabra divina que ha recibido, en los domingos o días de grandes solemnidades. Al mismo tiempo que profesión de fe, es renovación del Bautismo, gracias al cual podemos presentarnos ante el altar para participar en el sacrificio eucarístico; el Credo es una grandiosa oración, y así ha venido usándose en la piedad tradicional cristiana. Comienza confesando al Dios único, Padre creador; se extiende en la confesión de Jesucristo, su único Hijo, nuestro Salvador; declara, en fin, la fe en el Espíritu Santo, Señor y vivificador; y termina afirmando la fe en la Iglesia y la resurrección.
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Oración de los fieles  
La oración de los fieles u oración universal cierra la Liturgia de la Palabra. Siguiendo las enseñanzas de san Pablo: Ante todo recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad. (I Timoteo 2, 1-4). La asamblea reunida ora, es un momento importante de la liturgia en que todos los presentes se hacen solidarios con los hombres que padecen necesidad. La oración de los fieles es introducida y concluida por el sacerdote, mientras que las peticiones pueden ser leídas por los miembros de la asamblea. Siempre son oraciones, no interpelaciones morales o momentos de diálogo. La asamblea eucarística siempre acoge las peticiones como un acto de culto pronunciando alguna invocación como: "escúchanos, Señor", "te rogamos, óyenos", "Señor, ten piedad de nosotros", etc.
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